¿Qué hace una panda de españoles cuando se reúnen en la otra punta del mundo...? Pues, como no podía ser menos, comer bien (muy bien), echarse unas risas, bailoteos por todos los lados y pasarlo en grande!!!
Contextualizo: durante los tres meses de verano (mi primera parte en Camboya) tuve la suerte de pillar la época en la que aún nos reuníamos a comer en casa de Yolanda, una mujer medio tica medio valenciana que hace unas paellas, fideuás, escalibadas y demás manjares de chuparte los dedos.
Como la comunidad española en Camboya va creciendo, pero no su casa, decidimos reunirnos ayer todos de nuevo para comer. ¿Dónde? Pues en un barco de dos pisos de los muchos que se alquilan en PP para pasear por el Mekong. Nos juntamos más de 30 personas, la mayoría españoles, más una italiana, un argentino, una malaya, un danés, tres camboyanos, una japonesa, un tico, la niña fruto de ambos, dos niños mitad jemeres mitad españoles (a partir de ahora, mis sobris, jaja)... ¡y hasta el embajador en misión espacial, vino!! En fin, un batiburrillo de gente de lo más simpático y diverso, que por unas horas se fundió en una armonía, alegría y diversión increíbles.
Por supuesto, además de comer y beber unos mojitos estupendos sin ron (el equipo bebidas nos olvidamos al hacer la compra de que los mojitos llevan ron, ja ja), acabamos bañándonos en el Mekong (mi segunda vez ya, pequeños) en mitad del río, tirándonos desde la borda (y hasta del segundo piso del barco, ni me lo creía, campeona que soy!!!) y trepando cual piratas huyendo de los tiburones para volver a bordo. ¡Tremendo!
Y cuando parecía que la diversión no podía ser más, el baile empezó a ganar fuerza, y cual corrillo gitano, acabamos más de una decena de españoles bailando rumbita y flamenquillo pachanguero... qué pasada ver bailar a Rocío, una de las chicas que ha bailado flamenco en una compañía profesional!!!!
Fue un día genial, tan especial y divertido, que me evadí por completo de todo. Os juro que no sabía decir dónde estaba, y al ir llegando a puerto y ver de nuevo el Riverfront de PP, recordé que estaba aquí, en Camboya, en Phnom Penh, en el culo del mundo... Fue impresionante.
Con permiso de Nicolás y para que veáis un poquito cómo fue este domingo, echad un vistacillo aquí:
http://www.flickr.com/photos/22728485@N05/sets/72157623279262468/show/
Y lo que ya es inenarrable es el fin de tarde que tuvimos en casa de un par de compañeras, en su patio, con las guitarras y el cante. Porque Jose, el maestro guitarrero, toca genial. Pero cuando Belén agarró su guitarra y empezó a cantar flamenco, ahí pensamos todos: ¡¡¡que no se acabe este domingo!!!
lunes, 25 de enero de 2010
Domingo, paellas y Mekong
domingo, 3 de enero de 2010
Descubriendo
Pues bien, entre tanta "normalidad" camboyana (inexplicable si no es a través de imágenes, porque es alucinante), hoy por la mañana me he encontrado con esto en Kampot:
El niño en cuestión iba vendiendo un líquido contenido en esos recipientes (que son, por cierto, la caña del bambú quemada). Como ni mi amiga Siiwe ni yo teníamos ni idea de qué era, nos hemos acercado a husmear. Por supuesto, mirar no nos ha dado ninguna respuesta (¿es gasolina? me ha preguntado Siiwe. La pregunta era muy lógica, que conste: lo de cómo se vende aquí la gasofa es también digno de ver. En todo caso, tras el olisqueo comprobatorio, la opción combustible ha quedado deshechada).
Dada la creciente intriga, y armándome de un valor insospechado cual tío viajero de Fraggel Rock, me he puesto a hablar con el chaval primero, y luego con la mujer, para tratar de averiguar qué era el misterioso líquido. Como mi jemer aún no da para mantener una conversación de más de tres segundos y la mujer se ha percatado pronto de ello, al final ha optado por sacar un vaso y darme a probar.
No puede ser gasolina, porque esta mujer no tiene pinta de asesina -me he dicho- así que sin dudarlo un instante más (vamonooos!!!) ha ido todo p'adentro. Resultado?: el niño vende agua de coco metida en bambú quemado, lo que le da un saborcillo a ahumado que no tiene nada que envidiarle al mejor chorizo de Cantimpalo. Agua de coco ahumada. Hormiga incluida. Y tan ricamente.
viernes, 1 de enero de 2010
2009 se acaba... viva el 2010!!!
Sé que ha sido un año repleto de cosas muy muy buenas (Aficionados, Los pescadores de perlas, las prácticas del posgrado...) y también otras muy duras (decir adiós a Ricardo, nuestro profesor de teatro y mucho más).
Lo que no sabía es que despediría el año así, ¡en Camboya, sentada en la terraza de mi piso en PP, bajo una luna llena espectacular y enfundada en un vestido veraniego que me regaló mi abuela años atras!!!
Desde luego, la vida es un regalo que hay que aprovechar.
¡¡Os deseo que este 2010 sea un año pleno, lleno de sorpresas y alegrías, y mucho más justo para todos!!!
Por un 2010 de cine, y sin guión escrito para el final. ¿Cómo terminará?
...Salud!
martes, 1 de diciembre de 2009
Noche del 1 al 2 de diciembre
De fondo se oye la música del retaurante que hay al otro lado del mercado. Guitar d'amour. Ha renovado parte del edificio y el letrero; ahora luce sobre la techumbre de la entrada con lucecitas rojas y naranjas: Guitar d'amour. También se oyen los grillos.
El guarda/criado de mis caseros ha salido a tomar el aire. Mira a un lado de la calle, luego al otro. De nuevo al uno y luego al otro. Avanza dos pasos y se sienta "a la camboyana" al borde de lo que sería una acera. La noche es tranquila.
Pasa una moto. Una chico conduce una bicicleta, el bolso en la cesta sin atar al manillar, con la correa colgando por fuera. Una ráfaga de viento hace sonar los tejados de uralita de las casetas del mercado. Un letrero que cuelga de una de las casas de enfrente, se agita.
El criado se incorpora, mira de nuevo hacia ambos lados de la calle, y comienza a cruzarla. Se dirige hacia el rincón que sirve, durante el horario en que está abierto el mercado, como aparcamiento de motos y alguna bicicleta, y a partir de las cinco como basurero. Antes de ocultarse en el rincón mira de nuevo hacia uno de los lados. No viene nadie, y se lleva las manos hacia la bragueta: va a mear.
De vez en cuando ladra un perro, de vez en cuando se oye parte de alguna conversación camboyana. Aún hay gente en las puertas de las casas. Los niños de la esquina sureste están aún en la calle: son los únicos que siguen levantados a esta hora.
El criado vuelve a cruzar la calle, con paso aún más tranquilo, levantándose la camiseta hasta los hombros. A ras de suelo, la brisa apenas se nota. Va a dormir. Dos motos pasan juntas, en paralelo -van juntas: dos personas sobre una de ellas, sólo el conductor en la otra. En la esquina SW, el pequeño puesto de comida sigue haciendo negocio, y un cliente conversa con el o la dueña. El conductor solitario de la moto se quita el casco en marcha y lo pone en la cesta; los otros dos no lo llevan. Sí llevan las luces dadas, en cambio. A lo lejos viene caminando una pareja cogida de la mano. Poco a poco, el sonido de los tacones de ella se va haciendo audible sobre el fondo de grillos y del Guitar d'amour.
El vigilante del colegio se acerca a los tuktuk que hay aparcados en el patio. En una mano lleva una linterna con la que ilumina su interior: comprueba que no hay nadie dentro. En la otra mano, una porra. Alguien barre la acera mientras dos mujeres se despiden -owkún charán; cháa, owkún bong.
Una moto no arranca: persisten los intentos. Una chica pasa en bicicleta, más rápida que el chico anterior. Lleva algo dentro de una bolsa de plástico en la cesta, sin atar al manillar. En sentido contrario, un hombre conduce otra bicicleta, que arrastra un carro donde va acumulando el plástico y metal que recoge por las calles. A rachas, el viento hace más audible la música del restaurante. Un gato se revuelve y maúlla quejigoso sobre los tejados de uralita. Las luces de dos de las torres en construcción brillan como faros. La moto arranca, los chicos lo celebran con alguna exclamación y se van.
Poco a poco, va quedando menos gente en la calle, y las pocas conversaciones que aún sobreviven son apenas audibles. La frecuencia de paso de automóviles es mucho menor que hace cuarenta minutos, y la mayoría de los que pasan no lo hacen por esta calle; su ruido forma ahora también parte del fondo, junto con los grillos y la música del Guitar d'Amour. A esta hora en que la mayoría duerme, hay algo que se parece al silencio en Phnom Penh.